TP 3
CAMBIOS EN LA SINOPSIS:
Caleb, un joven cantante en ascenso, emprende un viaje hacia una casa que solo conoce por sus sueños: una casa alejada, con una puerta roja y la presencia constante de una mujer sin rostro. Su excusa para llegar hasta allí es realizar un ritual de cierre de caminos para su productor, Sinclair, el hombre que lo descubrió años atrás y lo llevó a la fama. Pero en el fondo, Caleb busca liberarse de una oscuridad que lo consume. Su voz ya no le pertenece, las canciones parecen dictadas por alguien más, y su reflejo se vuelve cada vez más ajeno. Del otro lado de la puerta lo espera ella: la bruja. Hace años que sueña con su voz, sin nombre ni rostro, y sabe que ese encuentro es inevitable. Caleb lleva colgado un antiguo amuleto —el mismo que le fue robado a ella generaciones atrás— y entre sus cuadernos guarda una partitura que solo ella reconoce. Esa melodía, su melodía, marcó el destino de ambos. Entre sahumerios, velas e invocaciones, el ritual comienza. Pero nada sucede como esperaban. Para liberar la voz de Caleb, ella deberá sacrificar la suya. Y para cortar el camino de Sinclair, ambos tendrán que atravesar una verdad enterrada: su vínculo no fue un accidente, sino un eco ancestral que se repite desde mucho antes de conocerse.
ESPACIOS:
1.EXT. RUTA
Ruta desierta, recta, rodeada por un paisaje rural apenas iluminado por los primeros rayos del sol. Pastizales bajos a los costados, el cielo aún conserva tonos azul oscuro y violetas.
2. EXT. CASA CIBELE
Árboles altos y antiguos. Hojas secas en el suelo, ramas que crujen bajo los pies. Una luz dorada atraviesa los troncos, proyectando sombras largas. No se ven caminos marcados, pero Caleb parece guiado por algo invisible. Al fondo, aparece la casa: estructura de madera, tejado inclinado, pintura descascarada. La puerta roja, vibrante, es lo único que resalta.
CASA CIBELE (cuando Caleb llega)
Sensación general: viva, mágica, cargada de energía y misterio.
Luz: tenue, cálida, proveniente de velas, faroles y alguna ventana con cortinas.
Objetos:
- Frascos de vidrio con etiquetas escritas a mano: contienen líquidos oscuros, polvos, raíces, tierra, clavos oxidados, insectos conservados.
- Estanterías repletas de libros antiguos, algunos abiertos, con marcas, pétalos secos entre las páginas.
- Tarot, runas, caracoles y péndulos, junto a un cuenco de barro con sal y cenizas.
- Velas de distintos tamaños y colores, muchas derretidas, otras recién encendidas.
- Hierbas colgando del techo: ruda, lavanda, romero, manzanilla, atadas con hilo rojo.
- Amuletos colgando en puertas y ventanas: ojos turcos, ramas de espino, cruces invertidas hechas con alambre, figuras de protección.
- Piso de madera que cruje con cada paso, cubierto por alfombras gastadas.
- Una mesa baja donde mezcla ingredientes, rodeada de morteros, cuchillos antiguos y cuadernos con dibujos esotéricos.
POSIBLE LOCACIÓN PARA GRABAR: Fotos de la casa de Luna Demaría
4) MESA DE REVELACIONES
Una habitación en penumbra, dentro de la casa de Cibele. Puede ser un comedor antiguo, un cuarto adaptado o incluso una galería cerrada.
Estética general:
• Luz tenue: entra apenas algo de luz natural por una ventana con visillo de encaje o tela translúcida. El resto se ilumina con velas de diferentes tamaños, candelabros, lámparas de sal o luces cálidas.
• Colores dominantes: tonos tierra, verdes apagados, burdeos, ocres.
Una mesa de madera robusta y gastada, con marcas, quemaduras o símbolos tallados a mano (pueden ser runas, lunas, estrellas, ojos, etc.).
• Tapada con un mantel de tela pesada (tipo lino oscuro o terciopelo), con detalles bordados o estampas esotéricas.
Encima de la mesa:
• Barajas de tarot
• Un péndulo de cuarzo.
• Un frasco con sal gruesa, ramas de romero, amuletos, piedras (amatista, obsidiana).
• Una copa con agua, o un recipiente de cerámica con aceite.
• Una vela encendida justo en el centro, que titila mientras se revelan las cartas.
En una estantería, entre frascos de hierbas y libros antiguos, hay un marco de madera oscura, levemente polvoriento, con una foto en blanco y negro o en sepia.
En ella se ve a cuatro mujeres de distintas edades (una niña, una joven, una mujer adulta y una anciana), de pie en un bosque o frente a una casa similar a la de Cibele. Llevan vestidos largos, collares de piedras, mantos, pañuelos en la cabeza. Sus expresiones son serias pero intensas.
Tienen la mirada directa a cámara, como si vieran a quien las observa.
6) ESTUDIO DE GRABACIÓN
Espacios múltiples
Plaza: Urbana, árboles, gente paseando. Sol fuerte.
Encuentro con Sinclair: Contraste entre el entorno cotidiano y la figura elegante, extraña, de Sinclair.
Estudio de grabación: Profesional, con paneles acústicos, micrófono suspendido, cristales que dividen cabina y sala de control. Frío, pulcro.
Escenarios: Shows en grandes teatros o festivales, luces intensas, flashes, humo artificial.
Una habitación amplia, de diseño moderno y elegante. Los pisos de madera oscura brillan bajo la luz tenue que emana de una lámpara de pie con pantalla dorada. Las paredes están decoradas y una obra abstracta enmarcada con vidrio. En el centro, una cama king-size perfectamente tendida, con sábanas blancas. Frente a la cama, una pantalla plana enorme está montada sobre una pared revestida en mármol. Un minibar empotrado con bebidas y una cafetera de diseño minimalista completan el rincón. Junto a la ventana, un sillón de cuero negro. Las cortinas, pesadas y oscuras, están apenas entreabiertas, dejando entrar la luz de la ciudad. En el rincón opuesto, un escritorio de vidrio sostiene un cuaderno abierto, un lapicera de lujo y un vaso con whisky a medio terminar. Todo está impecable, casi aséptico.
AUDIOVISUAL:
TRATAMIENTO:
Un auto viejo recorre una ruta vacía, a ambos lados campos en producción. El sol apenas se está asomando, el asfalto se inunda de colores naranjas, ocres, amarillos. En la parte opuesta todavía es de noche. Dentro, Caleb, veinticinco años, rostro pálido, cabello revuelto teñido, y las sienes casi rapadas, mirada perdida, viaja en silencio, solo se oye el adormecedor ronroneo del motor. En el asiento del acompañante, un cuaderno con hojas lleno de letras y un amuleto envuelto en un pañuelo blanco. Lo acaricia, recorre su forma con los dedos y una sensación inexplicable que lo arrastra hacia un lugar.
Allá adelante en el horizonte, ve una casa, un poco difusa, aparece lejana, atrae su atención una puerta roja. Una mujer sin rostro. Parpadea. La casa ya no está, desapareció. Una imagen que insiste en aparecer una y otra vez en su mente.
Noches antes, en la habitación de su departamento, Caleb sentado en el piso de madera oscuro que brilla bajo la luz tenue que emana de una lámpara de pie con pantalla dorada. Escribe frenéticamente en su cuaderno. Tacha, vuelve a escribir, arranca la hoja, hace un bollo y la tira. Se pasa la mano por la cabeza, cierra los ojos intentando concentrarse. Tira la cabeza hacia atrás y mira el techo buscando inspiración. Tararea, vuelve a escribir. Las notas musicales parecen dictadas, no es el sonido que tenía en su mente. No piensa, no crea, sólo transcribe. Se detiene, un vago sonido lo interrumpe. Escucha un susurro casi imperceptible, como viento entre las hojas. Lee lo escrito, perturbado. Tira el cuaderno lejos.
De pie frente al espejo, se observa. Su reflejo parpadea un instante con un leve retraso. Una sombra, apenas visible, lo imita. Se toca la garganta. Silencio. Algo en él está cambiando.
Esa sensación inexplicable lo lleva a buscar una respuesta. Caleb sube a su auto y sabe casi por instinto y por el lugar reconocido, que la casa de sus sueños se encuentra en su pueblo, San Antonio.
Mientras maneja le aparecen imágenes fragmentadas: (flashbacks)
Caleb, adolescente, canta en una plaza rodeado por amigos y vecinos jóvenes. No usa instrumentos, solo su voz, acompaña el ritmo con el movimiento de su cuerpo y sus manos. Le gusta la melodía de lo que está inventando en el momento, tiene buena vibra y armonía, se siente inspirado. Sonríe.
Un hombre de traje, sin corbata, con el amplio cuello de su camisa abierto y apoyado sobre las solapas. Se llama Sinclair, carismático, mirada intensa, sonrisa ganadora, lo escucha entre la multitud, afirmando con su cabeza, como aprobando lo que oye y levantando un pulgar.
Un contrato se firma, Sinclair con una mano sobre el hombro de Caleb y ambos, y otras personas presentes, brindando con champagne.
Escenarios importantes, músicos tocando, luces de colores, fans gritando, sonido potente, camarógrafos grabando todo, mujeres con ropa ligera, guardaespaldas.
Sinclair susurrándole al oído y con su gesto típico apoyando una mano sobre el hombro de Caleb, con leves palmaditas aprobatorias.
Un estudio de grabación, micrófonos, auriculares, mesa de control con operador moviendo los controles.
Caleb cantando una canción desconocida. Una lágrima le cae sin razón.
Caleb baja del auto. Tiene el amuleto colgado del cuello. Camina entre árboles de un bosque en el que nunca había estado. No usa GPS. Por instinto, por intuición, él sabe dónde va. Una brisa le mueve el pelo, casi como la caricia de una mano invisible que lo lleva hacia adelante a paso seguro. Llega a la casa que vio tantas veces en sus sueños: aislada, antigua, fría, con la puerta roja que conoce de memoria. Respira hondo, cierra los ojos un instante, suelta el aire y toca la puerta. La bruja, Cibele, esa mujer sin rostro que aparecía en sus sueños, abre sin preguntar quien es, solo dice: “Tardaste en llegar”. Se observan silenciosamente.
El rostro de Cibele no se ve nitidamente, está cubierta por un velo negro transparente, o por el humo de las velas.
Entre ellos no hay presentaciones, solo reconocimiento mutuo.
La casa es más pequeña de lo que parecía, oscura, llena de objetos antiguos, símbolos, runas, velas encendidas en distintos lugares, libros gruesos, frascos, botellas, plumas, cosas que cuelgan del techo. En una pared, una partitura enmarcada: la misma que Caleb escribió sin entender, se acerca para verla bien, un escalofrío recorre su cuerpo, no logra comprender cómo es posible. Ella le da a entender que esa letra le ha sido robada por generaciones.
Caleb le cuenta sobre Sinclair para cerrarle los caminos. Ella lo escucha, pero lo confronta: “Lo que querés cortar no es a él. Es la parte de vos que vendiste cuando lo elegiste.”
Las velas se encienden solas. Caleb está en el centro de un doble círculo dibujado en el piso, rodeado de símbolos. Ella prepara sahumerios, traza líneas en el suelo, pone una fuente con agua y un plato con sal rodeando una vela negra. Le pide el amuleto. Lo toma con seguridad y cierra los ojos. Al contacto con sus manos, una ráfaga de recuerdos la sacude, tiembla, dice palabras en un idioma desconocido para Caleb: un robo ancestral, un linaje de mujeres silenciadas y su voz apagada por generaciones. Ella coloca la partitura frente a él. Él la mira: es su letra… pero no su canción. Él no la compuso. No recuerda haberlo hecho. Ella sí. Comienza a cantar. Al principio, apenas un murmullo. Las velas parpadean. Él también canta, como poseído. Sus voces se mezclan. Cibele cae de rodillas. Sangra por la boca. Algo se rompe.
Como viviendo una pesadilla, ambos en un espacio abstracto, oscuro, como el fondo del mar. Escuchan una voz, Sinclair, orando un mantra, repitiendo las mismas frases:
“Tu voz me pertenece.”
“Fuiste elegido.”
“Nada de esto fue casualidad.”
Una figura se forma con humo: Sinclair joven, con los ojos negros, rodeado de sombras. Es un ser que se alimenta de talento ajeno, una entidad que viaja de generación en generación, marcando destinos. Caleb lo enfrenta. La Bruja, desde atrás, le pasa una daga envuelta en fuego azul. Él duda. Ella asiente. Él corta la garganta de la figura. Silencio absoluto.
Caleb se despierta en el suelo, solo. Las velas apagadas. En sus manos, el amuleto, ahora negro. Busca a Cibele con la mirada. No está. En su lugar, una partitura nueva. Su letra, su canción. Por primera vez, propia. Se acerca al espejo de la sala. Se ve, se reconoce. Suspira. Cierra la puerta roja detrás de él. El viento sopla fuerte. Se va.
El auto vuelve a andar. Caleb maneja con la ventana abierta. Tararea alegre una nueva melodía, Atrás, la casa ya no está.
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